El gobierno de Cambiemos llega a su segundo aniversario con las manos cubiertas de sangre. Está consciente de que para llevar a cabo la política de ajuste necesita de los viejos aliados de las clases dominantes del país: los grandes multimedios. Esos mismos que fueron amigos de dictaduras y de todo tipo de políticas antipopulares. Sin ellos habría sido imposible el pasado lunes 18 de diciembre encauzar la maniobra distractiva que tuvo como finalidad concentrar la atención de los telespectadores en los “violentos de siempre” en lugar de hacer hincapié en la enorme convocatoria de la manifestación contra la reforma previsional.

La asistencia masiva a la concentración alrededor del Congreso ha demostrado, independientemente de que los diputados serviles al régimen hayan votado en contra de los intereses de los jubilados y del pueblo argentino en general, que el pueblo tiene bronca y la expresa por distintas vías en la lucha. Algunos lo hacen simplemente mediante su acto de presencia en la manifestación, otros cantarán contra el gobierno e incluso arrojarán proyectiles a la policía una vez que ésta empieza las provocaciones. Pero no se puede negar el hecho de que tanto las manifestaciones en capital y el interior, como también los cacerolazos revelaron la verdad: el pueblo argentino está enfurecido y no se deja amedrentar por la represión.

Ante tal situación el gobierno apela a los grandes voceros de la burguesía argentina. El principal actor del espacio multimedial, el grupo Clarín, gustosamente reproduce la línea de la Casa Rosada y lo hace sin titubear. Así es que ha hecho todo lo posible para librar de culpa y limpiar la imagen de Gendarmería y su accionar criminal que dejó como saldo la muerte de Santiago Maldonado. Operación de prensa similar a la orquestada para encubrir y desinformar en lo referente al asesinato de Rafael Nahuel perpetrado por infantería. Actualmente concentra la agenda mediática en los “militantes violentos” para que el eje de la discusión sea “los inadaptados” y no las políticas antipopulares promovidas por el gobierno. Mientras la plaza se llenaba de pueblo, las cámaras se dedicaron a mostrar la “violencia” de los manifestantes. En el mejor de los casos equiparan la supuesta violencia de los manifestantes con la violencia institucional como si la correlación de fuerzas fuese la misma. Algo así como intentando resucitar la ya en desuso teoría de los dos demonios. Habitualmente los medios criminalizan a los que resisten y si éstos son agredidos por las fuerzas del estado, “algo habrán hecho” para ser reprimidos.

Pero no es Clarín el único agente desinformador. Cada provincia, cada ciudad, cada distrito e incluso el espacio virtual de Internet está plagado de comunicadores y “trolls”, cuya misión consiste en confundir al ciudadano promedio, a la clase media y a aquellos sectores sociales despolitizados con nivel cultural por debajo de la media. Miles de correas de transmisión están difundiendo y transmitiendo lo que sale de la boca de los voceros del gobierno y se reproduce por medio de sus escribas amigos. En el momento en que este texto está siendo redactado, miles de twits, posts y palabras se producen y reproducen llevándoles a las masas mentiras, calumnias, desinformación e inculcándoles falacias prácticamente sin resistencia alguna.

Es por ello que, a fin de cuentas, el espectro informativo es un espacio de batalla. Es un espacio en el que el monopolio de la palabra lo tiene la burguesía. Sin embargo, se puede ser optimista, ya que la indignación de las masas con las políticas de ajuste y la represión no hace más que interesar a la gente en la búsqueda de nuevos espacios informativos. Por ello, es que está vigente la necesidad imperante de difundir la verdad que a lo largo de la historia de nuestro país los multimedios se han encargado de distorsionar y adecuar a sus intereses.

Frente a las mentiras de los comunicadores afines al gobierno es necesario comprender que la palabra no es neutral. La palabra es un arma. Por esa razón es preciso hacer uso de la palabra en el espacio informativo para darle acceso a la información a aquellos que siguen acostumbrados a creer en los medios tradicionales. La palabra ha de transformarse en el arma que descarrile ese discurso repleto de falsedades y malintencionados. Es un paso fundamental a concretar para que las mayorías accedan a la verdad y que ésta cobre vida propia. Porque sólo la verdad nos hará libres.

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